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domingo, 6 de julio de 2014

La sabiduría de Dios


DOMINGO XIV
del Tiempo Ordinario
Mateo 11, 25-30

 P. Adolfo Franco, S.J


El Señor nos habla de la importancia de la sencillez para poder ser buenos receptores de la Sabiduría de Dios.

 
En este párrafo del Evangelio que nos trae este domingo, hay dos enseñanzas muy marcadas, una sobre la sabiduría de Dios y otra sobre la necesidad de apoyarse en Dios y sobre todo en momentos difíciles. Empieza con una oración de alabanza de Jesús, que se alegra de la forma en que actúa la Providencia de Dios, que comunica su sabiduría a los sencillos; y continúa con una invitación a todos los que sufren y se sienten derrotados a confiar en El, que es nuestro apoyo. Son dos temas, aunque hay una conexión evidente entre los dos.

 
Jesús alaba a su Padre, en una exclamación que le sale del alma, y le dice que lo alaba, porque ha revelado su sabiduría a los sencillos y la ha ocultado a los sabios. ¿Es que Dios tendrá algo en contra de los sabios, de los que han cultivado la inteligencia? ¿No ha habido hombres muy inteligentes a los que Dios les ha comunicado su sabiduría? San Agustín, Santo Tomás y muchos otros ¿no han recibido la sabiduría que proviene de Dios? Por otra parte, si Dios deja de lado a los sabios y entendidos, ¿será que Jesús está alabando la pereza mental?

 
Estas pregunta son legítimas, y tienen una fácil respuesta: Dios no alaba la pereza mental, y no tiene nada contra los investigadores que siempre buscan la verdad en todos los campos; más bien esta inquietud por la verdad es un don de Dios. Jesús se está refiriendo a los letrados, contemporáneos suyos, que en general no estuvieron abiertos a aceptar su doctrina; no quisieron abrir su corazón a la novedad del Evangelio. Más bien lo consideraron un rival y quisieron desprestigiarlo con preguntas y situaciones difíciles, de las cuales Jesús salió  apelando precisamente a su sabiduría. San Pablo también se dirige a los Corintios y les recuerda que entre ellos no abundan precisamente los sabios (1 Cor 1, 26-30). Pero también se puede aplicar esta frase de rechazo a aquellos “sabios” que llenos de orgullo no tienen capacidad de aceptar el misterio de Dios.

 
Por de pronto se debe distinguir entre la “sabiduría” que viene de Dios y los conocimientos que provienen de la agudeza mental. Lo uno es un conocimiento de lo esencial y que va al centro de los problemas de la vida humana y de su relación con Dios, lo otro son toda la variedad de conocimientos que se adquieren con la destreza y con la facilidad que diversas personas tienen para el ejercicio de sus facultades mentales, y para la adquisición de cultura.

 
Pero no hay duda de que hay personas poco cultivadas que tienen una gran sabiduría y que llegan a los conocimientos fundamentales sobre la vida y la virtud, por caminos vitales y sin libros. ¿Por qué muchas manifestaciones sobrenaturales de Dios se han hecho a personas rústicas? Por ejemplo muchas de las apariciones de la Virgen: la aparición de la Virgen de Guadalupe, la de Lourdes, la de Fátima; todas son comunicaciones de Dios a los “pequeños”, no a los grandes y sabios.

 
¿Es la inteligencia humana una dificultad para aceptar a Dios? ¿Hay contradicción entre ciencia y fe? La ciencia, la inteligencia, los conocimientos naturales, lejos de ser un obstáculo para recibir la sabiduría de Dios, y para conocer a Dios, más bien podrían ayudar a acercarse a El. Lo que puede impedir la revelación de Dios en una persona es el orgullo que puede brotar como una mala hierba de algunos conocimientos y entonces sí podemos quedar bloqueados para el conocimiento que brota de Dios; pero no podemos decir que un sabio queda imposibilitado de recibir la fe. Aunque puede crearse entre los intelectuales demasiado seguros de su poder intelectual, una sensación de “todo lo puedo”, que les hace cerrar el corazón, y piensan que nadie les puede enseñar nada; esto ha ocurrido en los momentos del desarrollo inicial de las ciencias; y en esos tiempos parecía que era una necesidad que el científico (científico en pañales) negase a Dios. Esa corriente tan pobre, gracias a Dios ya casi se ha secado; aunque todavía puede asomar algún aprendiz de científico que solamente sabe repetir las objeciones del pasado. Y en cambio también hay intelectuales verdaderos, científicos insignes, que tienen suficiente humildad para seguir aprendiendo y que tienen un espíritu profundamente religioso.

 
A este respecto podemos citar el testimonio de Einstein, un sabio en verdad eminente:. “... la experiencia más bella que el hombre puede tener es el sentido de lo misterioso: descubrir que, tras lo que podemos experimentar científicamente, se oculta algo inalcanzable a nuestro espíritu, algo cuya belleza y sublimidad se alcanzan sólo indirectamente y a modo de pálido reflejo; y, en este sentido, yo soy religioso”.

 
Y en la segunda parte de la enseñanza de Jesús, se dice qué es lo que los sencillos reciben de la sabiduría de Dios: los sencillos pueden descubrir, por la sabiduría de Dios, que Jesús es fuerte para acoger nuestro cansancio; y pueden saber que caminar con la cruz detrás de El es llevar una carga liviana. Esa es la Ciencia que no descubren los orgullosos y que sí inculca Dios en los pequeños.
 


domingo, 3 de febrero de 2013

Homilía del Domingo 4° T.O. (C), 03 de Febrero del 2013

Enseñanzas de una visita

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Jer 1,4-5.17-19; S 70; 1Cor 12,31-13,13; Lc 4,21-30



El texto y contenido de la primera lectura sintonizan con otras llamadas del Señor. Jeremías tiene una misión muy dura. Dios lo elige para que anuncie a su pueblo el castigo del destierro, les pida su aceptación y la sumisión al invasor. No le escucharán. Lo perseguirán, morirá en sus manos. Jeremías es un símbolo profético de Jesús. Jesús mismo se lo recuerda el día de su resurrección a los dos discípulos que van a Emaús: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso?” (Lc 24,26). El recuerdo de este principio cristiano, muy presente siempre en San Pablo, es también frecuente en Lucas, su discípulo y acompañante. Utilizar a Dios para obtener riquezas y honores y huir del sufrimiento prueba que se rechaza a Cristo como compañero de la vida. Nuestra oración debe ser para pedir gracia para llevar nuestra cruz.    
El texto de la segunda lectura continúa el tema de la presencia del Espíritu Santo y de sus distintos efectos y carismas en nosotros los fieles. Más importante que otros carismas, aun muy admirables como el de hacer milagros o hablar en lenguas, es el don de la caridad o amor a Dios y al prójimo. San Pablo lo recuerda, porque fácilmente se olvida. Santa Teresa del Niño Jesús no sabía un día en su oración qué carisma elegir para que su vida fuera un mejor servicio para la Iglesia. Le parecía que elegir uno era renunciar a otros tanto o más preciosos y útiles para la Iglesia. Hasta que, recordando este texto, se dio cuenta de que, obteniendo el don de la caridad, estaba, como el corazón, impulsando y dando vida a todos los miembros del cuerpo. Este es el gran carisma y el gran don. Es lógico que sea el más importante, teniendo en cuenta que todos los mandamientos se resumen en los de: “amarás a Dios con todo el corazón y amarás al prójimo como a ti mismo”. El amor siempre está activo, no descansa. Tiene siempre presente que Dios le ama, cae en cuenta y agradece sus favores, confía y pide ayuda en las pruebas. “Es comprensivo”, sabe de la debilidad humana, porque tiene experiencia de la propia, y excusa la de los demás. “Es servicial y no tiene envidia”, porque el bien del otro lo pone por delante del propio. “No presume ni se engríe”, porque lo que tiene lo recibió de Dios y de la ayuda de otros y ha de dar cuenta de su administración. “No presume ni se engríe, no es mal educado ni egoísta, no se irrita, no lleva cuentas del mal”, perdona 70 veces siete. “No se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad, disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites, el amor no pasa nunca”. El que más se acerca a este ideal, es el amor de la madre.
Estas exigencias del amor cristiano es bueno recordarlas cuando nos vamos a reconciliar con Dios. Así nos amó Cristo, “quien me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,20).
Y añade Pablo otro argumento que nos estimule aun más. “El amor no pasa nunca”, el amor queda, el amor es eterno. Porque en el cielo la misma fe y la esperanza desaparecen, porque, viendo a Dios cara a cara y poseyéndole, la fe y la esperanza no son ya necesarias; pero la caridad permanece, porque entonces nuestra vida será amar.
El texto del evangelio continúa el del domingo pasado. Sigue refiriéndose a las palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret. La reacción de los oyentes es al principio muy favorable, pero después se malogra, hasta el punto de que los nazaretanos quieren arrojar a Jesús desde una peña que cuelga sobre el vacío. Los biblistas se dividen en la interpretación de los hechos. La mayoría piensa que Lucas junta en una dos visitas de Jesús a Nazaret, una más temprana que transcurre de modo positivo y otra, en cambio, posterior, cuando las opiniones habían cambiado mucho, que anduvo al borde de la tragedia. Sea de ello lo que sea, en el texto de Lucas aparecen las dos opiniones extremas la obra y la doctrina de Jesús, que me parece que hoy se repiten.
La primera reacción es la de aquellos que no acaban de encontrar una explicación humana suficiente a la doctrina, sabiduría, milagros y autoridad de Jesús. Nada humano explicaba la obra de Jesús, aceptaban la existencia de un misterio en su persona y de una relación especial con Dios; en definitiva acabarán creyendo plenamente. Pero será una actitud minoritaria.
La otra opinión es la de los que presumen de sabios y científicos. No les basta oír y aun ver hechos sorprendentes, que por lo demás admitirían y admiten en otros terrenos. Porque lo creen prácticamente todo, ya que, sin creer, en la vida moderna no puede uno moverse. No hay sabio que pueda serlo en nada sin leer continuamente libros y revistas de otros muchos dedicados a los mismos estudios. Y un enfermo no se curará si exige, para obedecer al médico, entender perfectamente las causas de su enfermedad y el modo de obrar de los remedios.
Pero este evangelio muestra otra verdad, que también recalca San Lucas en otras ocasiones, él, el gentil, compañero de San Pablo, el Apóstol de los gentiles. Jesús recuerda los milagros que Dios hizo a una mujer fenicia y a un ministro sirio, paganos ambos. Las palabras de Jesús, citadas por Lucas al comenzar su vida pública, manifiestan que no basta la raza, que Jesús no ha venido a salvar sólo a los judíos, sino a todos los hombres y que para recibir las gracias que trae es necesaria y suficiente la fe.
En este Año de la fe no nos creamos más que nadie. Nuestras mismas deficiencias religiosas y morales nos pueden ayudar a aumentar nuestra humildad de corazón y obtener de Dios su benevolencia y gracia abundantes. Que la Virgen María nos lo haga sentir.
http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com