martes, 6 de noviembre de 2012

La Moral en la Iglesia



El Pensamiento Moral de la Iglesia

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.



Parte fundamental de la enseñanza de la Iglesia Católica es la que se refiere a la conducta moral. Porque la conducta moral buena es necesaria a todos para obtener la salvación eterna. De aquí que el Magisterio y la infalibilidad de la Iglesia, además del contenido de la fe, incluyan a su doctrina moral. Sin la infalibilidad de la Iglesia en su enseñanza moral el fiel católico no podría estar seguro de qué tendría que hacer para salvarse.
La revelación de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, incluye clara y ampliamente el orden moral como parte esencial en la conducta del creyente y servidor de Dios. Su violación, el pecado, es tristemente parte fundamental de la historia de la humanidad y felizmente de la actuación de Dios en ella. Dios interviene para reparar las trágicas consecuencias que la violación del orden moral han tenido, tienen y seguirán teniendo para el hombre. El amor de Dios, que se manifiesta en su Hijo Jesucristo, actúa en la historia y en la Iglesia para liberar al hombre del pecado y hacerle alcanzar la perfección moral, es decir la santidad.

Es, pues, fundamental que el creyente tenga ideas claras sobre el orden moral, su origen, conocimiento, extensión, condiciones y consecuencias de su violación y respeto. Esto es lo que voy a intentar a exponer con claridad, empresa que no es tan fácil, pero a la que nos anima su importancia y aun necesidad para todo cristiano.


¿Qué es la Ética? ¿Qué es la Moral?

1.- El término "ética" viene del griego ethos, costumbre o, más propiamente, carácter o personalidad moral que el hombre adquiere viviendo. En latín a ethos corresponde el vocablo "mos"; de mos toma el nombre la moral. Según la etimología la ética o la moral serían algo así como la ciencia de las costumbres humanas.

Pero las etimologías no son una definición, sino una pista. Ni la ética ni la moral han sido nunca un mero tratado de las costumbres.         

La ética o moral han tenido siempre como objeto reservado y exclusivo el deber ser del comportamiento humano. Se trata, como veremos, de un mundo específico. No lo han inventado los sabios humanos. Ni siquiera lo descubren. Pueden los hombres desarrollarlo y de hecho lo desarrollan, pero el origen es innato, está ahí, dentro del hombre, tan realmente como está el mundo fuera. Ante este hecho el hombre (la filosofía y la religión) simplemente se hacen preguntas y discuten la validez de las respuestas posibles: ¿Por qué, de dónde, para qué, con qué sentido...?

2. Ética y moral se refieren etimológicamente a la misma realidad y normalmente han venido siendo sinónimos. Sin embargo hoy se ha impuesto la tendencia a entender por “ética” una ciencia puramente racional y filosófica, que incluso prescinde en su investigación del hecho de la existencia de Dios y de aspectos de su naturaleza cognoscibles por la sola razón natural. La palabra “moral” se reservaría a la ciencia teológica católica que tiene el mismo objeto, pero cuyo discurso no se limita al uso de la razón natural, sino que hace uso también de otras fuentes de conocimiento, como son las fuentes propiamente teológicas (la Sagrada Escritura, la Tradición, el Magisterio de la Iglesia y las opiniones de los teólogos).

Permítaseme decir que, pese a la altanería con que a veces se presenta, semejante “ética” atea es menos segura que la “moral” teológica. Porque la “moral” utiliza todas las fuentes de conocimiento que le ofrecen la razón filosófica y las ciencias humanas, además de los hallazgos de la teodicea filosófica y además de las verdades que le aporta la religión revelada. No dudamos, pues, de que científicamente, como garantía del conocimiento del “deber hacer o evitar”, la “moral” ofrecerá un contenido científicamente más confiable. Puede esto sonar como pretencioso al no creyente, pero para el católico es una consecuencia obvia. Los medios de la “moral” son más abundantes y más seguros.

Sin embargo no se crea que la Iglesia no da importancia a la razón natural en el estudio de la moral. La Iglesia cree que la razón es capaz de conocer –y con certeza– verdades éticas– que también son morales–. Tiene además como principio que no hay contradicción entre la razón y la fe. Por eso la Iglesia se esfuerza en emplear la razón para demostrar la verdad de normas morales,  que también conoce por la Revelación. Será o no siempre posible, pero de esta manera puede mantener un diálogo con el mundo no creyente y suscitar en él un respeto y una duda muy importantes para la humanidad. Así se evita la consolidación de errores muy perniciosos y se mantiene al menos la duda sobre su validez y la necesidad de ver claro en ciertas cuestiones morales (por ejemplo en el caso del aborto). 

El creyente posee incluso la garantía de la asistencia del Espíritu Santo al Magisterio de la Iglesia. El Espíritu Santo actúa siempre en la Iglesia aunque no siempre de modo infalible, que sólo se da en ciertas condiciones. Pero, aunque llegar a eso no sea lo normal, la observancia de la ley moral natural es necesaria para la salvación eterna. Por eso su predicación normal es importante y su interpretación forma parte del Magisterio moral de la Iglesia. Incluso la persistencia del Magisterio Ordinario y su  universalidad en ciertas afirmaciones son señal de su carácter infalible.

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lunes, 5 de noviembre de 2012

Benedicto XVI: Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables




VATICANO, 04 Nov. 12 / 08:22 am (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Benedicto XVI, en sus palabras previas al rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro, aseguró que el amor a Dios y al prójimo son inseparables, y “la misma Persona de Jesús y todo su misterio encarnan la unidad del amor de Dios y del prójimo, como dos brazos de la Cruz, vertical y horizontal”.

El Santo Padre dijo que “Jesús no ha inventado ni uno ni otro, sino que ha revelado que son en fondo, un único mandamiento, y lo ha hecho no solamente con la palabra, sino sobre todo con su testimonio”.

“En la Eucaristía, Él nos dona este doble amor, donándose a sí mismo, porque nutridos de este Pan, nos amamos los unos a los otros como Él nos ha amado”.

El Papa señaló que los santos, que fueron celebrados recientemente “en una única fiesta solemne, son propiamente aquellos, que, confiando en la gracia de Dios, buscan vivir según esta ley fundamental” del amor a Dios y al prójimo.

“En efecto, el mandamiento del amor lo puede poner plenamente en práctica quien vive una relación profunda con Dios, así como el niño aprende a amar a partir de una buena relación con la madre y el padre”.

Benedicto XVI destacó que “antes de ser un mandato, el amor es un don, una realidad que Dios nos hace conocer, experimentar, de manera que como una semilla, que pueda germinar incluso dentro de nosotros y desarrollarse en nuestra vida”.

“Si el amor de Dios ha metido raíces profundas en una persona, ésta está en grado de amar incluso a quien no lo merece, como justamente hace Dios hacia nosotros”.

El Papa indicó que “el padre y la madre no aman a sus hijos sólo cuando lo merecen: los aman siempre, aunque sí, naturalmente, les hacen entender cuando se equivocan”.

“De Dios aprendemos a querer siempre y nada más que el bien y nunca el mal. Aprendemos a mirar al otro no sólo con nuestros ojos, sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo”.

Esa mirada, dijo el Papa, “parte del corazón y no se detiene en la superficie, va más allá de las apariencias y logra acoger las expectativas profundas del otro, ser escuchado, tener una atención gratuita, en una palabra: ser amado”.

“Pero se verifica también el recorrido inverso: que abriéndome al otro así como es, yendo a buscarlo, haciéndome disponible, me abro también al conocer a Dios, a sentir que Él existe y es bueno”.


domingo, 4 de noviembre de 2012

Los Siete Sacramentos en la Biblia

                                                 MATRIMONIO

 

Gén. 1, 26-28
“Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.»”

Gén. 2, 18-25
“Dijo luego Yahveh Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.» Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada. Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.» Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne. Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro.”

Mt. 5, 31-32
“También se dijo: ‘El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio.’ Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto en caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.”

Mt. 19, 3-9
“Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?» Él respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, ‘los hizo varón y hembra’, y que dijo: ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?’ De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.» Dícenle: «Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?» Díceles: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -no por fornicación- y se case con otra, comete adulterio.»”

Mc. 10, 2-12
“Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?»
Él les respondió: «¿Qué os prescribió Moisés?» Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla.» Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto.
Pero desde el comienzo de la creación, ‘Él los hizo varón y hembra.’ ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne.’ Pues bién, lo que Dios unió, no lo separe el hombre.» Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.»”

Lc. 16, 18
“Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una repudiada por su marido, comete adulterio.”

Rom. 7, 2-3
“Así, la mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras éste vive; mas, una vez muerto el marido, se ve libre de la ley del marido. Por eso, mientras vive el marido, será llamada adultera si se une a otro hombre; pero si muere el marido, queda libre de la ley, de forma que no es adultera si se casa con otro.”

1 Cor. 7, 1-15
“En cuanto a lo que me habéis escrito, bien le está al hombre abstenerse de mujer. No obstante, por razón de la impureza, tenga cada hombre su mujer, y cada mujer su marido. Que el marido dé a su mujer lo que debe y la mujer de igual modo a su marido. No dispone la mujer de su cuerpo, sino el marido. Igualmente, el marido no dispone de su cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo, por cierto tiempo, para daros a la oración; luego, volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia. Lo que os digo es una concesión, no un mandato. Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra. No obstante, digo a los célibes y a las viudas: Bien les está quedarse como yo. Pero si no pueden contenerse, que se casen; mejor es casarse que abrasarse. En cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido, mas en el caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no despida a su mujer. En cuanto a los demás, digo yo, no el Señor: Si un hermano tiene una mujer no creyente y ella consiente en vivir con él, no la despida. Y si una mujer tiene un marido no creyente y él consiente en vivir con ella, no le despida. Pues el marido no creyente queda santificado por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente. De otro modo, vuestros hijos serían impuros, mas ahora son santos. Pero si la parte no creyente quiere separarse, que se separe, en ese caso el hermano o la hermana no están ligados: para vivir en paz os llamó el Señor.”

1 Cor. 7, 39
“La mujer está ligada a su marido mientras él viva; mas una vez muerto el marido, queda libre para casarse con quien quiera, pero sólo en el Señor.”

Ef. 5, 3
“La fornicación, y toda impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como conviene a los santos.”

Ef. 5, 5
“Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso -que es ser idólatra- participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios.”

Ef. 5, 21-33
“Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo. Las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo. Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo. ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne.’ Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia. En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al marido.”

Heb. 13, 4
“Tened todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal sea inmaculado; que a los fornicarios y adúlteros los juzgará Dios.”

1 Pe. 3, 1-7
“Igualmente, vosotras, mujeres, sed sumisas a vuestros maridos para que, si incluso algunos no creen en la Palabra, sean ganados no por las palabras sino por la conducta de sus mujeres, al considerar vuestra conducta casta y respetuosa. Que vuestro adorno no esté en el exterior, en peinados, joyas y modas, sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma dulce y serena: esto es precioso ante Dios. Así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios, siendo sumisas a sus maridos; así obedeció Sara a Abraham, llamándole ‘Señor’. De ella os hacéis hijas cuando obráis bien, sin tener ningún temor. De igual manera vosotros, maridos, en la vida común sed comprensivos con la mujer que es un ser más frágil, tributándoles honor como coherederas que son también de la gracia de Vida, para que vuestras oraciones no encuentren obstáculo.”

sábado, 3 de noviembre de 2012

Los Siete Sacramentos en la Biblia

                                     ORDEN SACERDOTAL

 

Mt. 18, 18
“Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.”

Lc. 10, 16
“Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.”

Lc. 22, 19
“Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.»”

Lc. 24, 47
“y se predicará en Su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén.”

Jn. 12, 20-22
“Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, queremos ver a Jesús.» Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.”

Jn. 15, 5
“Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada.”

Hch. 6, 6
“los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos.”

Hch. 15, 2-6
“Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, enviados por la Iglesia, atravesaron Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles y produciendo gran alegría en todos los hermanos. Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y contaron cuanto Dios había hecho juntamente con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para decir que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés. Se reunieron entonces los apóstoles y presbíteros para tratar este asunto.”

Hch. 20, 17
“Desde Mileto envió a llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso.”

Hch. 20, 28
“Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que Él se adquirió con la sangre de su propio Hijo.”

Hch. 21, 18
“Al día siguiente Pablo, con todos nosotros, fue a casa de Santiago; se reunieron también todos los presbíteros.”

1 Tim. 3, 1
“Es cierta esta afirmación: Si alguno aspira al cargo de epíscopo, desea una noble función.”

1 Tim. 4, 14
“No descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros.”

1 Tim. 5, 17
“Los presbíteros que ejercen bien su cargo merecen doble remuneración, principalmente los que se afanan en la predicación y en la enseñanza.”

2 Tim. 1, 6
“Por esto te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.”

Tit. 1, 5
“El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené.”

1 Pe. 5, 1
“A los ancianos que están entre vosotros les exhorto yo, anciano como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse.”

jueves, 1 de noviembre de 2012

Homilía de la Solemnidad de Todos los Santos, Jueves 1º de Noviembre del 2012



¡La salvación es de nuestro Dios y del Cordero!

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.


Lecturas: Ap 7,2-4.9-14; S 23; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12



Hoy y mañana la liturgia nos recuerda importantes verdades de fe. Hoy es la de que todos hemos sido hechos santos por el bautismo, que además estamos invitados por Dios hasta grados altos de santidad y que el mismo Dios nos ofrece los medios para ello. Mañana nos recuerda la verdad de fe de que las almas de quienes murieron en la paz de Dios, pero no totalmente purificados, lo están siendo en el Purgatorio y pueden ser ayudados por nosotros ofreciendo oraciones y sacrificios.
Una muchedumbre inmensa, que nadie puede contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos, gritan con voz potente: ¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero! (Ap 7). Son tantos los santos que de modo heroico han practicado en su vida el Evangelio que el calendario no tiene al año días suficientes para festejarlos. Por eso ha optado por la idea de celebrarlos a todos juntos en la solemnidad de hoy. La gracia de Dios, la fuerza del Espíritu, la acción de Cristo en la Iglesia siguen siendo capaces de generar santos y lo serán hasta el final. Todos estamos invitados a ser santos y el Concilio Vaticano II nos lo recuerda; la fiesta de hoy nos está recordando también que nosotros tenemos la posibilidad de formar un día parte de esa multitud, que alaba a Dios en el Cielo por toda la eternidad: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque Le veremos tal  cual es” (1Jn 3,2).

La devoción a los santos nos da luz sobre las múltiples y variadas formas de la realización concreta del Evangelio a lo largo de la historia. Los santos nos enseñan que en las condiciones más diversas es posible con la ayuda de la gracia de Dios practicar el amor a Dios y al prójimo, y nos motivan a ello. Los santos son el Evangelio vivido. Por eso el ejemplo y la lectura de las vidas y escritos de los santos tienen efectos muy favorables para sacudir la pereza espiritual, convirtiendo a los pecadores (como por ejemplo en el caso de San Ignacio de Loyola), poniendo de relieve la fuerza de la gracia de Dios, iluminando el camino de la virtud y dando fuerzas para llevar la propia cruz. La lectura de las vidas de santos vienen a ser ya una práctica de las virtudes, porque, al sintonizar y admirar aquellos actos heroicos, los desea también hacer y este ejercicio viene a ser como una especie de gimnasia de las virtudes. Así como en la subconsciencia, como ha descubierto la sicología, queda la huella de los actos moralmente malos que en el futuro propician otros igualmente malos, también se imprime en la misma  subconsciencia, el influjo de la admiración, deseo de imitación y fortalecimiento de las virtudes y ejemplos que se han admirado y gozado en la lectura de los santos. Es por eso importante la lectura de las vidas de santos para sostener y aumentar el deseo de imitarlos y de seguir más de cerca a Jesucristo.

Por fin los santos son intercesores ante Dios y la experiencia continua de la Iglesia está demostrando que Dios se complace en hacer milagros continuos por medio de ellos. No olvidemos que cada beatificación supone un milagro claro e irrefutable y lo mismo cada canonización. El Señor se complace en manifestarse grande en sus santos. Es bueno pedirles favores de cosas de este mundo, pero no olvidemos de pedir sobre todo la luz y la gracia que necesitamos para imitarles en su entrega a Dios.

Pero además de los santos ya canonizados y beatificados, recordamos hoy a la multitud de todos aquellos que a través de todos los siglos y gracias a los méritos de Cristo ya alcanzaron el premio. Tal vez pasaron por el Purgatorio, pero ahora están ya en la presencia de Dios en el Cielo. Ya están en la bienaventuranza. A muchos los hemos conocido y tenemos motivos serios, y aun muy serios, de que murieron en Dios y por tanto se han salvado. Ellos están en la Bienaventuranza y, con todos los demás santos, son capaces de ofrecer a Dios nuestras oraciones y de apoyarlas con su intercesión. Tal vez es el papá, la mamá, esposo o esposa, hijo, una persona santa que te ayudó en esta vida en tu camino para conocer y amar más a Dios. De no pocos nos consta de la solidez de su fe y de su espíritu de sacrificio. Tenemos abundantes y suficientes señales de su salvación, de que están ya en el Cielo. Podemos pedirles ayuda. Naturalmente estoy hablando no sólo de peticiones de bienes temporales, sino también y sobre todo de bienes espirituales. Verán cómo les ayudan.

Por fin también las almas del Purgatorio están ya salvadas, aunque estén purificándose para llegar a la Bienaventuranza eterna.  los que todavía caminamos con esfuerzo y confianza. La Iglesia siempre ha orado por estas personas desde los primeros siglos, ha ofrecido misas y otras obras buenas. Sigamos haciéndolo. La Iglesia nos da ejemplo. En todas las misas, en las oraciones que siguen a la consagración del pan y del vino, se ora por todos los difuntos: “Acuérdate también de nuestros hermanos, que durmieron con la esperanza de la resurrección (se refiere a los difuntos bautizados), y de todos los difuntos (son todos los demás que se salvaron con el bautismo de deseo, por caminos que no conocemos, pero que son reales): Admítelos —pide la Iglesia— a contemplar la luz de tu rostro” (Plegaria euc. 2ª).

Pero además también ellos pueden interceder por nosotros. Son amados de Dios, están ya salvados, forman parte de la Iglesia, la Iglesia purgante. Dios los mira con amor y complacencia, la Iglesia aprueba la devoción a las almas del Purgatorio y por tanto es bueno y provechoso pedir la ayuda de su intercesión.

Con toda esa inmensidad nos reunimos en cada misa y desde el Cielo o el Purgatorio nos contemplan y oran para que un día estemos en su compañía. También esto lo pìde la Iglesia: “Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas” (Plegaria euc. 2ª)

No marchamos solos. Vamos en camino. “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, es puro como puro es Él” (1Jn 3,2‑3).

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