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lunes, 29 de junio de 2020

¿Por qué San Pedro y San Pablo se celebran el mismo día?


El lunes 29 de junio se celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, día en que se reconocen las virtudes cristianas de dos de los más grandes y reconocidos apóstoles que defendieron con su vida el Evangelio.
A continuación, cinco claves para entender por qué se celebran en la misma fecha:

1. Son fundadores de la Iglesia de Roma
Jesús dijo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Con estas palabras, Simón Pedro pasó a ser “la roca” de la Iglesia y se comprometió a apacentar el rebaño de Dios a pesar de sus debilidades humanas.

Luego de la Resurrección y Ascensión de Cristo, Pedro asumió con humildad ser cabeza de la Iglesia, dirigió a los Apóstoles y se encargó de que los discípulos mantuvieran viva la verdadera fe.
Pablo era conocido como Saulo de Tarso antes de su conversión. Luego del encuentro con Cristo continuó hacia Damasco donde fue bautizado y recobró la vista. Es reconocido como el apóstol de los gentiles y pasó el resto de su vida predicando el Evangelio sin descanso a las naciones del mundo mediterráneo.

“Sintiendo cercana la muerte, escribe a Timoteo: ‘He luchado el noble combate’. No es ciertamente la batalla de un caudillo, sino la de quien anuncia la Palabra de Dios, fiel a Cristo y a su Iglesia, por quien se ha entregado totalmente. Y por eso el Señor le ha dado la corona de la gloria y lo ha puesto, al igual que a Pedro, como columna del edificio espiritual de la Iglesia”, expresó el Papa Emérito Benedicto XVI en 2012.

2. Son columna espiritual de la Iglesia
En 2015, el Papa Francisco manifestó que San Pedro, San Pablo y la Virgen María “son nuestros compañeros de viaje en la búsqueda de Dios; son nuestra guía en el camino de la fe y de la santidad; ellos nos empujan hacia Jesús, para hacer todo aquello que Él nos pide”.

El Santo Padre explicó entonces que “la gloriosa herencia de estos dos Apóstoles es motivo de espiritual orgullo para Roma y, al mismo tiempo, es un reclamo a vivir las virtudes cristianas, en modo particular la fe y la caridad: la fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios, que Pedro profesó primero y Pablo anunció a la gente; y en la caridad, que esta Iglesia está llamada a servir con un horizonte universal”.

3. Ambos padecieron en Roma
San Pedro y San Pablo fueron detenidos y martirizados en la prisión Mamertina, también llamada el Tullianum, ubicada en el foro romano en la Antigua Roma.
San Pedro pasó sus últimos años en Roma liderando a la Iglesia durante la persecución, hasta su martirio en el año 64. Fue crucificado con la cabeza abajo a petición propia, por no considerarse digno de morir como su Señor. Fue enterrado en la colina del Vaticano y la Basílica de San Pedro está construida sobre su tumba.

San Pablo fue decapitado en el año 67. Está enterrado en Roma, en la Basílica de San Pablo de Extramuros.

 4. Son patronos de Roma y representantes del Evangelio
En la homilía del 2012 por la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, Benedicto XVI llamó a estos dos apóstoles “patronos principales de la Iglesia de Roma”.

 “La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a San Pedro y a San Pablo: juntos, en efecto, representan todo el Evangelio de Cristo”, precisó.

5. Son la versión contraria de Caín y Abel
Benedicto XVI también presentó un paralelismo opuesto con la hermandad presentada en el Antiguo Testamento entre Caín y Abel.

 “Mientras que la primera pareja bíblica de hermanos nos muestra el efecto del pecado, por el cual Caín mata a Abel, Pedro y Pablo, aunque humanamente muy diferentes el uno del otro, y a pesar de que no faltaron conflictos en su relación, han constituido un modo nuevo de ser hermanos, vivido según el Evangelio, un modo auténtico hecho posible por la gracia del Evangelio de Cristo que actuaba en ellos”, dijo Benedicto XVI.

Aciprensa.com

jueves, 1 de noviembre de 2012

Homilía de la Solemnidad de Todos los Santos, Jueves 1º de Noviembre del 2012



¡La salvación es de nuestro Dios y del Cordero!

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.


Lecturas: Ap 7,2-4.9-14; S 23; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12



Hoy y mañana la liturgia nos recuerda importantes verdades de fe. Hoy es la de que todos hemos sido hechos santos por el bautismo, que además estamos invitados por Dios hasta grados altos de santidad y que el mismo Dios nos ofrece los medios para ello. Mañana nos recuerda la verdad de fe de que las almas de quienes murieron en la paz de Dios, pero no totalmente purificados, lo están siendo en el Purgatorio y pueden ser ayudados por nosotros ofreciendo oraciones y sacrificios.
Una muchedumbre inmensa, que nadie puede contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos, gritan con voz potente: ¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero! (Ap 7). Son tantos los santos que de modo heroico han practicado en su vida el Evangelio que el calendario no tiene al año días suficientes para festejarlos. Por eso ha optado por la idea de celebrarlos a todos juntos en la solemnidad de hoy. La gracia de Dios, la fuerza del Espíritu, la acción de Cristo en la Iglesia siguen siendo capaces de generar santos y lo serán hasta el final. Todos estamos invitados a ser santos y el Concilio Vaticano II nos lo recuerda; la fiesta de hoy nos está recordando también que nosotros tenemos la posibilidad de formar un día parte de esa multitud, que alaba a Dios en el Cielo por toda la eternidad: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque Le veremos tal  cual es” (1Jn 3,2).

La devoción a los santos nos da luz sobre las múltiples y variadas formas de la realización concreta del Evangelio a lo largo de la historia. Los santos nos enseñan que en las condiciones más diversas es posible con la ayuda de la gracia de Dios practicar el amor a Dios y al prójimo, y nos motivan a ello. Los santos son el Evangelio vivido. Por eso el ejemplo y la lectura de las vidas y escritos de los santos tienen efectos muy favorables para sacudir la pereza espiritual, convirtiendo a los pecadores (como por ejemplo en el caso de San Ignacio de Loyola), poniendo de relieve la fuerza de la gracia de Dios, iluminando el camino de la virtud y dando fuerzas para llevar la propia cruz. La lectura de las vidas de santos vienen a ser ya una práctica de las virtudes, porque, al sintonizar y admirar aquellos actos heroicos, los desea también hacer y este ejercicio viene a ser como una especie de gimnasia de las virtudes. Así como en la subconsciencia, como ha descubierto la sicología, queda la huella de los actos moralmente malos que en el futuro propician otros igualmente malos, también se imprime en la misma  subconsciencia, el influjo de la admiración, deseo de imitación y fortalecimiento de las virtudes y ejemplos que se han admirado y gozado en la lectura de los santos. Es por eso importante la lectura de las vidas de santos para sostener y aumentar el deseo de imitarlos y de seguir más de cerca a Jesucristo.

Por fin los santos son intercesores ante Dios y la experiencia continua de la Iglesia está demostrando que Dios se complace en hacer milagros continuos por medio de ellos. No olvidemos que cada beatificación supone un milagro claro e irrefutable y lo mismo cada canonización. El Señor se complace en manifestarse grande en sus santos. Es bueno pedirles favores de cosas de este mundo, pero no olvidemos de pedir sobre todo la luz y la gracia que necesitamos para imitarles en su entrega a Dios.

Pero además de los santos ya canonizados y beatificados, recordamos hoy a la multitud de todos aquellos que a través de todos los siglos y gracias a los méritos de Cristo ya alcanzaron el premio. Tal vez pasaron por el Purgatorio, pero ahora están ya en la presencia de Dios en el Cielo. Ya están en la bienaventuranza. A muchos los hemos conocido y tenemos motivos serios, y aun muy serios, de que murieron en Dios y por tanto se han salvado. Ellos están en la Bienaventuranza y, con todos los demás santos, son capaces de ofrecer a Dios nuestras oraciones y de apoyarlas con su intercesión. Tal vez es el papá, la mamá, esposo o esposa, hijo, una persona santa que te ayudó en esta vida en tu camino para conocer y amar más a Dios. De no pocos nos consta de la solidez de su fe y de su espíritu de sacrificio. Tenemos abundantes y suficientes señales de su salvación, de que están ya en el Cielo. Podemos pedirles ayuda. Naturalmente estoy hablando no sólo de peticiones de bienes temporales, sino también y sobre todo de bienes espirituales. Verán cómo les ayudan.

Por fin también las almas del Purgatorio están ya salvadas, aunque estén purificándose para llegar a la Bienaventuranza eterna.  los que todavía caminamos con esfuerzo y confianza. La Iglesia siempre ha orado por estas personas desde los primeros siglos, ha ofrecido misas y otras obras buenas. Sigamos haciéndolo. La Iglesia nos da ejemplo. En todas las misas, en las oraciones que siguen a la consagración del pan y del vino, se ora por todos los difuntos: “Acuérdate también de nuestros hermanos, que durmieron con la esperanza de la resurrección (se refiere a los difuntos bautizados), y de todos los difuntos (son todos los demás que se salvaron con el bautismo de deseo, por caminos que no conocemos, pero que son reales): Admítelos —pide la Iglesia— a contemplar la luz de tu rostro” (Plegaria euc. 2ª).

Pero además también ellos pueden interceder por nosotros. Son amados de Dios, están ya salvados, forman parte de la Iglesia, la Iglesia purgante. Dios los mira con amor y complacencia, la Iglesia aprueba la devoción a las almas del Purgatorio y por tanto es bueno y provechoso pedir la ayuda de su intercesión.

Con toda esa inmensidad nos reunimos en cada misa y desde el Cielo o el Purgatorio nos contemplan y oran para que un día estemos en su compañía. También esto lo pìde la Iglesia: “Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas” (Plegaria euc. 2ª)

No marchamos solos. Vamos en camino. “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, es puro como puro es Él” (1Jn 3,2‑3).

http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com





sábado, 26 de mayo de 2012

Pentecostés - Fiesta del Espíritu Santo


P. Adolfo Franco S.J.

El día de Pentecostés (al final de las siete semanas de pascua) la misma Pascua de Cristo llega a su culminación con la efusión del Espíritu Santo, que se manifiesta, se da y se comunica.

La relación entre la obra de Jesús y el Espíritu Santo está muy marcada en la revelación. El Espíritu se hace presente en los momentos centrales de la vida de Jesús. Y empezando por la concepción: es el Espíritu Santo el que vendrá sobre María, para que empiece la Encarnación del Hijo de Dios. La existencia de Jesús en su origen humano es obra del Espíritu. En otro momento importante, en los cuarenta días en que Jesús está en el desierto, es el Espíritu el que lo lleva al desierto. En el Bautismo del Señor, el Espíritu en forma de paloma se posa sobre El. 

Empieza a predicar por la acción del Espíritu Santo. En algún momento se dice que Jesús oró lleno de gozo por la acción del Espíritu Santo. Y en la Ultima Cena Jesús continuamente les habla a sus apóstoles que les enviará el Espíritu Santo, y de la acción importante del Espíritu en ellos cuando empiecen a actuar. Parecería entonces que el Espíritu Santo es como una sombra que acompaña continuamente al Señor en todo lo que vive y en todo lo que hace. Esta es, en resumen, la participación del Espíritu Santo en la vida y en la obra de Jesús.

También es fundamental la actuación del Espíritu Santo en la Iglesia. Con razón se ha dicho que si Cristo es Cabeza de la Iglesia, el Espíritu es el Alma de esa Iglesia. Y en primer lugar el Espíritu Santo actúa cuando los apóstoles se reúnen para elegir al sucesor de Judas Iscariote, para completar el número de los doce. El Espíritu Santo es el que guiará la elección. Cuando Jesús se va al cielo, el Espíritu se hace presente más y más en la tarea de la Iglesia naciente. Y especialmente el día de Pentecostés (que hoy conmemoramos), en que ocurre esta invasión potente del Espíritu sobre los apóstoles; y no será ésta la única ocasión de su irrupción. Se cuenta en los Hechos de los Apóstoles varias de estas manifestaciones del Espíritu en los momentos de evangelización de Pedro y Pablo. En alguna ocasión se narra que el Espíritu Santo bajó sobre un grupo de paganos y naturalmente enseguida fueron bautizados. Cuando haya que dirimir el asunto tan delicado en la primitiva Iglesia, de si hay que circuncidar a los paganos que se hagan cristianos, es el Espíritu Santo el que ilumina a los apóstoles para que tomen la decisión correcta. Y no solamente actúa el Espíritu Santo en la Iglesia en vida de los apóstoles.

En toda la historia posterior de la Iglesia está presente el Espíritu; por ejemplo, cuando en los Concilios la Iglesia tenga que definir más y más su doctrina. Es el Espíritu el que guía a la Iglesia en tantas bifurcaciones doctrinales como se le presentaron, para que escoja el camino correcto; precisamente ése, dejando los otros. Y esto ocurrió tantas veces. Así el Espíritu Santo fue el garante de la verdadera fe. Y más todavía: la Iglesia institución divina, y humana a la vez, tendrá momentos en que necesite una revitalización, y a veces una reforma. Y será el Espíritu el que en esos momentos haga surgir en la Iglesia tantos ejemplos de cristianos, para revivir el ideal de Cristo en su entera pureza: así nacerá la Vida Religiosa en la Iglesia, las diversas Congregaciones: los monjes, los franciscanos, dominicos, jesuitas. Etc. etc. Y cada uno en su momento, en el momento necesario: todos son manifestaciones del Espíritu Santo, especialmente en sus fundadores y para el bien de la Iglesia.

Todo esto es manifestación de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. Pero también vive el Espíritu Santo en cada uno de nosotros, inspirando toda obra buena. Cuando oramos es el Espíritu quien ora desde nuestro interior, cuando anhelamos servir, cuando sentimos el deseo de ayudar. Todos esos movimientos interiores que producen obras buenas, son movimientos del Espíritu Santo en nosotros. El nos guía y nos conduce para que vivamos el Evangelio, para que vivamos como hijos de Dios, hermanos de Cristo y templos del Espíritu Santo.

Fuente: http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com