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sábado, 6 de octubre de 2012

Jesús y el escándalo a los pequeños



P. Adolfo Franco, S.
Mc 9, 37-42. 44. 46-47

Qué tremendo es que una persona "contagie" el mal con su conducta.


Entre las varias enseñanzas que contiene este párrafo del Evangelio de San Marcos, hay un grupo de ellas que se refiere al escándalo, y a la gravedad de ese comportamiento.

Como la palabra escándalo a veces se usa con significados diversos, es bueno aclarar a qué se refiere Cristo en estas enseñanzas: escándalo es una acción inmoral, que por mal ejemplo, induce a otro al mal. Y Cristo lo reprueba con tal vehemencia que afirma: "El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar".

Es necesario tener muy en cuenta esta lección del Evangelio hoy en día, en que tantos comportamientos que incluso se generalizan infectan el ambiente social, y así se produce el contagio del pecado.

Tanto se habla de la necesidad de preservar el medio ambiente, y de la importancia que éste tiene para el bienestar de la humanidad. Y es verdad que hay que preservar el medio ambiente para que no se deteriore nuestra vida en el planeta. Pero además de cuidar la "ecología de la naturaleza, del aire y del paisaje", hay que cuidar de esa otra "ecología social", que es el clima de valores, y de principios que creamos a nuestro alrededor, como atmósfera, y que tanto influye en las conductas de los individuos particulares. Cuando arrojamos al medio ambiente social tantos elementos contaminantes, tantos actos de corrupción, estamos produciendo escándalo.

Tenemos que reconocer que en nuestra atmósfera social hay partículas suspendidas, que respiradas por las conciencias, las perjudican y las envenenan. Hay, por ejemplo, un erotismo exagerado, que puede ser causante de muchas desviaciones, y de una desvalorización del amor; esto produce tantas conductas perversas, de las cuales después nos alarmamos hipócritamente. Existe una tremenda permisividad, que confunde libertad con libertinaje. Existe una civilización del dinero, como la meta suprema a la que hay que sacrificar energías, y a veces la propia dignidad y la familia. Hay una pérdida de estima de la vida y de la paz: la violencia, el aborto, el terror, la venganza. Todo esto flota en la atmósfera social que respiramos. Y es patente que las atmósferas sociales son producto de todas las conductas de todos los individuos de una sociedad.

Pero hay algunos más responsables, por la mayor capacidad de influjo que tienen en la sociedad, y por la mayor difusión que alcanzan con sus actuaciones. Es indudable que cuanto más liderazgo ejerce una persona, mayor influjo tiene a su alrededor. Las autoridades (en cualquier ámbito de la sociedad) tienen mayor influjo que los simples ciudadanos. Los medios de comunicación social tienen un poder de influjo enorme, y cada vez mayor. Y pueden hacer atractiva cualquier conducta desarreglada. A veces, por un afán sensacionalista, convierten al "malo de la película" en héroe, por la forma de presentar el personaje.

Todos tenemos una grave obligación de mejorar la atmósfera social que respiramos. Y Jesús, el buen Jesús, es tremendamente duro con los que escandalizan: “más les valdría que les colgasen una piedra de molino y los arrojasen al mar”. Es que inducir al pecado es lo más nefasto que se puede hacer. Y esto termina pervirtiendo de tal forma la sensibilidad de la conducta, que llegamos a llamar progreso a lo que es simplemente degeneración. Esto indica que la contaminación de la atmósfera moral ha abierto un tremendo agujero en el “ozono protector” y que nuestra misma civilización (si es que es civilización) puede ser engullida por sus mismas desviaciones.

http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com

sábado, 11 de agosto de 2012

Evangelio según San Marcos


P. Fernando Martínez Galdeano, S.

 "Claves" para la lectura de 

El proceso desarrollado por Marcos en su narración es muy sencillo. Después del bautismo en el río Jordán (1,1-13) ante la presencia de Juan, Jesús predica en la región de Galilea (1,14-9,50), sube a Jerusalén (10), y en esta ciudad se precipita la crisis que va a desembocar en el relato de la pasión y muerte (14,10-15,47), y ésta a su vez culmina con la sorpresa de la tumba vacía y el ángel que anuncia la resurrección del Señor y su pronto reencuentro con los apóstoles en Galilea (16,1-8). En su versión original, el evangelio concluye aquí. Los versículos que siguen a continuación (16,9-20) no aparecen en ninguno de los manuscritos importantes de los primeros siglos y su estilo del griego es muy diferente. Estos versículos se presentan como un resumen de las apariciones del Jesús resucitado y fueron añadidos bastante más tarde hacia el siglo II. La Iglesia en todo caso los considera también inspirados.
Presentación (1,1-13): Desde su comienzo, Marcos presenta a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios. Y esto es una muy “buena noticia” para todos nosotros.
Parte 1º (1,14-8,26): Después de la presentación, el autor nos muestra a un Jesús que proclama la llegada del reino de Dios sobre todo con señales de autoridad y dominio. ¿Será este Jesús el enviado de Dios que ha de salvar a Israel? Pero Jesús no quiere decir quién es él, más aún prohíbe que se le proclame como Mesías. Y les impone el “secreto mesiánico”. A lo largo de esta minuciosa narración (1,14-8,26) aparecen tensiones e incomprensiones de parte de los fariseos, de sus mismos parientes (3,7-6,6) e incluso de sus propios discípulos (6,6-8,26). En esta primera parte, dicho lo anterior, Jesús se presenta como un “hijo de hombre” (alusión a Dn 7,13) incomprendido, rodeado de tensiones y de falta de fe en él. ¿Es Jesús el enviado?
Parte 2º (8,27-10,52): Esta situación se clarifica en buena parte en los capítulos que se inician con la declaración de Pedro: “¡Tú eres el Mesías!” Pero el problema es que los discípulos no logran aún captar el que el Mesías esperado, el liberador de Israel, tenga que ser un Mesías paciente y destinado a morir sin haber conseguido el reinado de Dios en este mundo.
Parte 3º (11,1-13,37): Finalmente, en la subida de Jesús hasta la ciudad de Jerusalén se enfrenta allí con sus adversarios, con aquellos que le pueden condenar y matar, los representantes legítimos del pueblo de Israel. Aparece entonces Jesús como descendiente del rey David, lo que irrita todavía más a la intolerante posición de los responsables religiosos judíos. Los apóstoles se sienten aturdidos y confusos.
Parte 4º (14,1-15,47): Este enfrentamiento acaba en la condenación y muerte de Jesús en la cruz. En el juicio ante el sanedrín Jesús se declara manifiestamente el Cristo, el ungido por Dios, el Mesías. Y así es sentenciado a muerte como blasfemo. Jesús fue abandonado, se quedó solo. Pero al pie de la cruz, el centurión que le había visto morir exclamó: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (15,39).
Epílogo (16,1-8): Las mujeres van y encuentran la tumba vacía, pero ante su angustia y temor un mensajero les anuncia que su Jesús ha resucitado y que volverá a reunirse con sus discípulos en Galilea.
El Secreto Mesiánico

Conforme a una tradición firme y segura, el evangelio de Marcos es como un reflejo de la predicación del apóstol Pedro. Sorprende que en sus relatos de milagros, expulsión de demonios, etc., Jesús exprese su deseo de que se guarde y no se divulgue la noticia (Mc 5,43; 7,36; 8,26). Hecha la confesión de Pedro sobre la identidad de Jesús, éste empieza a enseñarles que debía sufrir… etc.: “Se lo decía con toda claridad. Pedro le tomó aparte y se puso a recriminarle. Pero Jesús se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro diciéndole: -¡Ponte detrás de mí, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mc 8,32-33). La realidad era que el Padre no iba a impedir su pasión dolorosa y su muerte en cruz. El camino hacia la resurrección se hacía a través de la incomprensión humana y el sufrimiento de un inocente. La identidad de Jesús nos desborda. No pretende ni el éxito ni el poder humano. Y acepta con ánimo y esperanza la cruz que le acompaña, como venida del Padre. Y se lamenta del ello: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). ¿Quién es este misterioso Jesús? Es una pregunta permanente que nos desborda y sorprende.
 
http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com

lunes, 16 de julio de 2012

Misioneros de Jesús


P. Adolfo Franco, S.J.

Marcos 6, 7-13



Jesucristo envía a sus apóstoles a su primera actuación evangelizadora. Esto nos recuerda que todos somos apóstoles enviados, porque somos bautizados.




Jesucristo se rodeó de doce Apóstoles, para que después de El siguieran la obra de salvación y la predicación del Evangelio. Y aun antes de dejar este mundo, hizo que estos doce elegidos tuvieran una práctica apostólica. Y para que puedan hacer bien esta experiencia apostólica, les da unas instrucciones bastante exigentes. De esto trata el Evangelio de este domingo.5
La primera indicación del Señor es que no llevan nada (casi nada) para el camino: "... ni pan, ni alforja, ni dinero..." Es decir hay que ser libre de todos los condicionamientos que pueden atarnos, cuando se predica el Evangelio. El apóstol, primero debe liberarse totalmente, para que su único fin sea predicar el Evangelio que es de Dios, más que del predicador. Esto quiere decir pobreza, confianza en Dios, libertad y desprendimiento. Todo esto junto se puede entender en este mensaje. El estar libres de las ataduras que condicionan el mensaje, lo practicaron los profetas y los predicadores: desde Elías (Dios lo tuvo que alimentar milagrosamente, porque él no tenía nada, era absolutamente pobre), hasta Juan Bautista (lleva la pobreza hasta el extremo en su forma de vivir en el desierto). Y sobre todos el mismo Jesús, que no tenía ni casa ni dónde reclinar su cabeza, menos incluso que los pájaros y que las zorras. La pobreza es un gran instrumento apostólico; cuando es una pobreza que nace del corazón, y no simplemente impuesta por las circunstancias. Esta pobreza produce la libertad de espíritu.
Esta libertad del hombre enviado a evangelizar es necesaria, y no siempre los predicadores somos fieles a este mandato. Claro que la sociedad en que vivimos es mucho más compleja que la sociedad campesina y simple, en que vivieron Jesús y los apóstoles. Pero a veces es verdad que queremos añadir algunos elementos de fuerza exteriores al mensaje, superficiales (dinero, influencia, poder, presión, violencia) para hacer eficaz la predicación.
Otra indicación importante es el contenido del mensaje mismo que se debe transmitir. El Evangelista San Mateo, en el pasaje paralelo explicita más que San Marcos el contenido del mensaje que deben transmitir los apóstoles en esta misión (Cf. Mt 10, 7 y 13). Jesús les dice que el mensaje es anunciar la inminencia del Reino de Dios, y que trasmitan la paz. Ese debe ser el contenido fundamental de toda predicación, sea cual sea la forma en que se realice.
Hablar de la cercanía del Reino de Dios es hablar sobre todo de Dios mismo, de su centralidad en la vida del hombre, de la primacía de Dios sobre todo lo demás, sobre cualquier otro interés. De la necesidad de buscarlo y adorarlo. De la importancia de someter nuestra conducta, y nuestra conciencia a lo que Dios ha enseñando: eso es hacer cercano el Reino de Dios. Hablar de la cercanía del Reino de Dios es hablar de que Dios está en nuestro corazón, y que desea que le permitamos invadirnos (El no lo hará sin que nuestra libertad le abra la puerta). Y trasmitir la paz es orientar el impulso de la predicación a la salvación, a la esperanza: dar paz y trasmitir paz, fundada precisamente en la aceptación del Reino de Dios. Aunque el Reino de Dios es lo más exigente, no se le puede trasmitir enarbolando amenazas y castigos. Hay que dar la paz: no una paz sin fundamento, sino la paz de la verdad y de la esperanza fundada en la Salvación de Jesucristo.
Está claro que el que habla del Reino de Dios debe hacerlo por experiencia propia: debe haber permitido que Dios sea el centro de su vida. El evangelizador debe haber sido evangelizado. Se trata de que las palabras que salen de nuestra boca sean un mensaje que nos brote del corazón, si no serán palabras que se las llevará el viento antes de que le lleguen a nuestro oyente.
Y para comunicar la paz, hay que estar inundado por la paz. ¿Cómo se puede transmitir la paz con violencia? Y esa violencia se manifiesta de muchas maneras: se manifiesta en nuestra impaciencia por lograr el fruto pronto, y que lo veamos, se manifiesta en la forma impositiva de hablar, hablar como quien pelea para dejar noqueado al oyente; a veces se puede manifestar en  nuestra violencia oratoria de la que sale más impaciencia que paz.
La paz es lo que todos deseamos en lo más profundo de nosotros. Tener la serenidad del espíritu, con una certeza de que hemos asentado nuestra vida en algo sólido, no en algo deleznable. Y esta seguridad y esta serenidad sólo la podemos obtener estando arraigados en Jesucristo nuestro Salvador, o sea, habiendo aceptado el Reino de Dios.
Fuente : http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com

martes, 19 de junio de 2012

Lecciones del Reino de los Cielos



P. Adolfo Franco, S.J.

Marcos 4,26-34

Fundamental lección humana y cristiana: la parábola de lo oculto, la parábola de lo pequeño ¡Cuánta falta nos hace!



Este párrafo del Evangelio de San Marcos nos relata dos parábolas del Reino de los cielos. Que entre sí tienen una gran afinidad.

La parábola de lo oculto
"La semilla germina y va creciendo, sin que él (el agricultor) sepa cómo". 
Cristo quiere enseñarnos a caminar por la vida hacia el Reino, con firmeza, aunque muchas veces sea sin conocer el resultado, sin tener evidencias constatables.
Quisiéramos tener constancia del fruto de nuestras acciones. Dios actúa en lo oculto en el individuo, en la Iglesia misma, en la sociedad. Cuando una persona ora ante un problema de un hijo, está realmente echando una semilla. Muchas veces no se ve que la planta aparezca, el pequeño tallo no asoma. No se ve ningún resultado. Y hace falta mucha fuerza, para mantener la esperanza cierta de que la semilla va desarrollándose, y no sabemos ni cómo es.
En el camino cristiano, hay que saber que muchas veces caminamos a oscuras, en el no saber. Parece que todo es inútil, que no hay resultados. Pero la semilla sigue el programa de su propio crecimiento y de su propia fecundidad. Cuando en la Iglesia parece que las cosas no van como uno quisiera. Cuando parece que el cristianismo (como pasa en algunas regiones) disminuye en su fuerza, en su fuerza aparente, tenemos la tentación de hacer un juicio a base de estadísticas, y de resultados tangibles. Pero la semilla actúa con su fuerza incontenible, pero en el silencio de la noche, y en lo oculto de la tierra.

La parábola de lo pequeño
"Un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña..."
Otra lección importante del Reino de los Cielos, y muy necesaria para que entendamos la forma de actuar de Dios. Este planteamiento choca con nosotros que tendemos a buscar lo grande, lo que destaca por ser importante. Este estilo de lo pequeño es el de todo el Evangelio: lo pequeño que fue la aparición de Dios en el mundo, como un granito de mostaza; lo pequeño que era el núcleo de los primeros seguidores de Cristo ignorantes e insignificantes, como un grano de mostaza. Un niño es el más importante en el Reino de los Cielos. Jesús busca al enfermo más insignificante (el que llevaba treinta años, sin nadie que lo socorriera), es siempre la misma presencia del grano de mostaza.
A veces quisiéramos ver las realizaciones de Dios, y los frutos de nuestras acciones como un espectáculo grandioso, como un "gran triunfo", y todo resulta tan pequeño (aparentemente) como un grano de mostaza. Hasta detalles en toda la historia de la Iglesia, como las apariciones de la Virgen: en Guadalupe al indio Juan Diego (no a uno de los Misioneros), como el grano de mostaza, y lo mismo en Lourdes y en Fátima. Es siempre lo mismo: el Reino de los Cielos parece tan pequeño como un grano de mostaza. Pero en realidad termina haciéndose (si antes ha sido pequeño de verdad) más grande que los demás arbustos, y puede cobijar a las aves del cielo. 
 
Fuente:http://formacionpastoralparalaicos.blogspot.com

viernes, 30 de septiembre de 2011

Libros Sanpiensales- Cantar de los Cantares


CANTAR DE LOS CANTARES es un superlativo que significa "el más hermoso de los Cantos", "el Canto por excelencia". A primera vista, es el Libro menos "bíblico" por su contenido y por su forma. Su autor es desconocido y, probablemente, fue compuesto en la primera mitad del siglo IV a. C. En él se describe y ensalza el amor apasionado de una pareja, que trata por todos los medios de llegar a la unión definitiva. Los encantos y el mutuo atractivo de los dos amantes, lo mismo que el gozo y el sufrimiento que acompañan necesariamente su amor, son expresados en el estilo propio de la poesía amatoria de la época, a través de imágenes llenas de colorido y de fuerza. "¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! ¡Tus ojos son palomas! ¡Qué hermoso eres, amado mío, eres realmente encantador!"( 1. 15-16). "¡Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado, que apacienta su rebaño entre los lirios!" (2. 16; 6. 3).
 
Entre las diversas partes del Libro no existe mayor continuidad lógica y sus personajes son imprecisos. Tampoco se explican las situaciones por las que atraviesa la pareja ni se establece ninguna ilación entre ellas. De vez en cuando, el diálogo amoroso es interrumpido por un coro que actúa a la manera de relator e impulsa a los amantes en su ardiente búsqueda.
 
¿Qué significa dentro de los Libros sagrados este Libro, que apenas una vez y de paso nombra a Dios? (8. 6). ¿Qué mensaje nos transmite la "Palabra de Dios" contenida en él? Son muchas y muy variadas las interpretaciones que se han dado del mismo, tanto en el Judaísmo como en el Cristianismo. Para algunos, el Cantar es un poema alegórico, que celebra el amor de Dios hacia su Pueblo a la manera de un amor conyugal, retomando la hermosa imagen utilizada por Oseas, Jeremías y Ezequiel. Para otros, este Libro no es más que un conjunto de poemas, compuestos con ocasión de una fiesta nupcial y destinados a cantar el amor de una pareja.
 
Ambas interpretaciones, lo mismo que otras mas o menos semejantes, no son necesariamente opuestas ni excluyentes. ¿Acaso el amor entre el varón y la mujer no ha sido establecido y bendecido por Dios al comienzo de la creación? "Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne" (Gn. 2. 24). Es na- tural, entonces, que la Biblia se haya valido de una canción de amor aparentemente "profana" para exaltar la dignidad del amor conyugal y proclamar sus excelencias. Y es natural que, de esa manera, el Cantar de los Cantares haya querido también celebrar veladamente la gran Alianza de amor entre Dios e Israel, que llena todas las páginas del Antiguo Testamento.

La tradición cristiana ha visto en este Libro una figura del amor de Cristo hacia la Iglesia, que es su Esposa (Ef. 5. 25). A su vez, la liturgia ha aplicado varias imágenes de este poema a la unión entre la Virgen María y el Espíritu, y los grandes místicos las han referido a la unión íntima de cada creyente con Dios.

Fuente: http://es.catholic.net

Libros Sanpiensales- Eclesiasticos

este Libro "deuterocanónico" -el más extenso de los escritos sapienciales- se lo designa habitualmente de dos maneras distintas. El nombre de ECLESIÁSTICO, que significa "libro de la asamblea", se hizo tradicional en la iglesia latina, quizá por la frecuencia con que se lo utilizaba en los primeros siglos para la formación moral de los catecúmenos y de los fieles. La mayoría de los manuscritos griegos, en cambio, lo titulan "Sabiduría de Jesús, hijo de Sirá"- en hebreo, Ben Sirá -y de allí deriva el nombre de SIRÁCIDA, que también se le suele dar.
Mientras que la mayoría de los escritos sapienciales son atribuidos a Salomón, el Eclesiástico es el único que lleva la firma de su autor. Este era un judío de Jerusalén, culto y de buena posición, que se dedicó desde su juventud al conocimiento de las Escrituras y a la búsqueda de la Sabiduría, sobre todo por medio de la oración (51. 13). Como fino observador, aprovechó sus frecuentes viajes para completar su formación (34. 11). Convertido en "maestro de sabiduría", orgulloso de su raza y de su historia nacional, dirigió en Jerusalén una escuela (51. 23), destinada a iniciar a los jóvenes en la adquisición de la Sabiduría. Por último, hacia el 180 a. C., recogió por escrito el fruto de sus reflexiones y de su larga experiencia.
La obra de Ben Sirá es un llamado de atención frente a la influencia de la cultura griega, que no cesaba de expandirse en el Próximo Oriente desde las conquistas de Alejandro Magno. Él comprendió que ese nuevo movimiento de ideas no tardaría en entrar en conflicto con la fe de Israel. Para contrarrestar el peligro, puso todo su empeño en preservar el patrimonio religioso y cultural del Judaísmo en esa época de transición. A diferencia de los antiguos "maestros de sabiduría", que consideraban al hombre nada más que en su condición de tal, al Sirácida le preocupaba antes que nada la formación del hombre "judío". Según él, la Sabiduría se ofrece a todos, pero puso su Morada en Israel y, en última instancia, se identifica con la Ley de Moisés. De allí la necesidad de meditar constantemente "el libro de la Alianza del Dios Altísimo" (24. 23), para adquirir la verdadera Sabiduría y vivir en conformidad con la voluntad divina.
El Eclesiástico fue escrito originariamente en hebreo, pero el texto original cayó pronto en el olvido. La obra se conservó gracias a la traducción griega realizada por un nieto del autor, emigrado a Egipto en el 132. A fines del siglo pasado y en las últimas décadas del actual se encontraron varios manuscritos hebreos, que abarcan unas dos terceras partes del Libro. La traducción que damos a continuación es la del texto griego, ya que es este el que fue recibido y transmitido por la tradición cristiana.
El Sirácida es el último testigo inspirado de la corriente sapiencial dentro de Palestina. El ideal de vida propuesto por él tiene las limitaciones propias de su época, pero también encierra valores permanentes, que fueron asumidos por el Nuevo Testamento, especialmente en la Carta de Santiago. Por su profunda religiosidad, unida a un sano sentido común, por su fidelidad a la Ley y su afán de encontrar en todo un reflejo de la sabiduría de Dios, el autor de este Libro anticipa el retrato que hará Jesús del "escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos": él "se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo" (Mt. 13. 52).

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR
La versión griega del Eclesiástico está precedida de un Prólogo, que generalmente no se considera inspirado, donde el traductor explica los motivos que lo impulsaron a llevar a cabo esta difícil tarea. Entre otras informaciones de interés, en este Prólogo encontramos la primera alusión a la división tripartita de la Biblia hebrea: LA LEY, LOS PROFETAS y LOS DEMÁS ESCRITOS.