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jueves, 9 de enero de 2014

El Tren de la Vida

 

Hace algún tiempo atrás, leí un libro que comparaba la vida con un viaje en tren.
Una lectura extremadamente interesante, cuando es bien interpretada.

La vida no es más que un viaje en tren: repleto de embarques y desembarques, salpicado de accidentes, sorpresas agradables en algunos embarques, y profundas tristezas en otros.

Al nacer, nos subimos al tren y nos encontramos con algunas personas que creemos que siempre… estarán con nosotros en este viaje: nuestros padres.

Lamentablemente la verdad es otra.
Ellos se bajarán en alguna estación dejándonos huérfanos de su cariño, amistad y su compañía irreemplazable.

No obstante esto no impide que se suban otras personas que serán para nosotros muy especiales.
Llegan nuestros hermanos, amigos y esos amores maravillosos.

De las personas que toman este tren, habrá  también las que lo hagan como un simple paseo, otras que encontrarán solamente tristeza en el viaje…

Y habrá otras que, circulando por el tren, estarán siempre listas para ayudar a quien lo necesite.
Muchos al bajar, dejan una añoranza permanente…

Ptros pasan tan desapercibidos que ni siquiera nos damos cuenta que desocuparon el asiento.
Es curioso constatar que algunos pasajeros, lo que son más queridos, se acomodan en vagones distintos al nuestro.

Por lo tanto, se nos obliga a hacer el viaje separados de ellos.
Desde luego, no se nos impide que durante el viaje, recorramos con dificultad nuestro vagón y lleguemos a ellos…

Pero lamentablemente, ya no podremos sentarnos a su lado pues habrá otra persona ocupando el asiento.

No importa; el viaje se hace de este modo; lleno de desafíos, sueños, fantasías, esperas y despedidas… pero jamás hay regresos.

Entonces… hagamos este viaje de la mejor manera posible.
Tratemos de relacionarnos bien con todos los pasajeros, buscando en cada uno, lo mejor que tenga.

Recordemos siempre que en algún momento del trayecto, ellos podrán titubear y probablemente precisaremos entenderlos.

Y que nosotros también muchas veces titubearemos, y entonces habrá alguien que también nos comprenda.

El gran misterio, al fin, es que no sabremos jamás en qué estación bajaremos, mucho menos dónde bajarán nuestros compañeros, ni siquiera el que está sentado en el asiento de al lado.

Me quedo pensando si cuando baje del tren, sentiré nostalgia…
Creo que sí…

Separarme de algunos de los amigo que hice en el viaje será doloroso.
Dejar que mis hijos sigan solos, será muy triste.

Pero me aferro a la esperanza de que, en algún momento, llegaré a la “Estación Principal” y tendré la gran emoción de verlos llegar a ellos, a todos ellos, con un equipaje que no tenían cuando embarcaron.

Lo que me hará más feliz, será pensar que yo colaboré para que el equipaje creciera y se hiciera valioso.

Hagamos que nuestra estadía en este tren sea tranquila, que haya valido la pena.

Hagamos tanto bien como podamos… para que cuando llegue el momento de desembarcar, nuestro asiento vacío, deje añoranza y lindos recuerdos a los que aún permanezcan en el viaje.

¡¡¡ Muy feliz viaje !!!

lunes, 6 de enero de 2014

Jesús, yo confío en Ti

 

¿Por qué te confundes y te agitas ante los problemas de la vida?

Cuando hayas hecho todo lo que esté en tus manos para tratar de solucionarlos, déjame el resto a Mí.

Si te abandonas en Mí, todo se resolverá con tranquilidad según mis designios.

No te desesperes, no me dirijas una oración agitada como si quisieras exigirme el cumplimiento de tu deseo. Cierra los ojos del alma y dime con calma:

Jesús, yo confío en Ti.

Evita las preocupaciones y angustias, y los pensamientos sobre lo que pueda suceder después.

No estropees mis planes queriéndome imponer tus ideas. Déjame ser Dios y actuar con libertad.

Abandónate confiadamente en Mí. Reposa en Mí y deja en mis manos tu futuro.

Dime frecuentemente:

Jesús, yo confío en Ti.

Y no seas como el paciente que le pide al médico que lo cure pero le sugiere el modo de hacerlo.

Déjate llevar en mis manos.

No tengas miedo…

Yo te amo.
Si crees que las cosas empeoraron, o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando, cierra los ojos del alma y confía.

Continúa diciéndome a todas horas:

Jesús, yo confío en Ti.

Necesito las manos libres para obrar.

No me ates con tus preocupaciones inútiles.

Confía solo en Mí, abandónate en Mí. Así que no te preocupes, echa en Mí todas las angustias y duerme tranquilamente.

Dime siempre:

Jesús, yo confío en Ti.

Y verás grandes milagros, te lo prometo por mi amor.
(autor desconocido)